Las fiambreras
Realizando una paráfrasis de aquella película titulada “el cartero siempre llama dos veces”, creo que volverá el tiempo de la fiambrera, del bocadillo envuelto en papel de periódico y el agua del grifo.
Y, no veo nada de malo en ello, los que lo hemos pasados éramos unos aventurados por poseer estos elementos si dentro llevaban viandas, y envueltas en un saquito de tela a rayas azules y blancas atado con una beta desenvolvíamos tres veces al día su nudo. Entrar en las cafeterías era apropiado para gente de muchos posibles y algo que mirábamos con indiferencia desde nuestro conocimiento exacto y que, el cual, determinaba nuestras nulas posibilidades de alcanzar semejantes prebendas. Sin embargo, lo mejor de aquella situación es que, no nos hacía sentirnos desgraciados, tampoco envidiosos pero sí en muchos casos, nos alentaba a trabajar muchas horas, estudiar y dormir muy pocas para conseguir abandonar aquella desmesurada necesidad.
En estos momentos más dramáticos de lo que la gente desea ver, presiento un hundimiento moral en muchas familias y en sus vástagos. La renuncia a tantas cosas inútiles por parte de los segundos, y poseer la desgracia como padres de tenerles que anunciar a sus hijos que no hay dinero para satisfacer sus caprichos y sueños desmedidos, va a resultar muy duro, pero desde estas sencillas líneas deseo reconfortar a aquellos qué les toque, y no precisamente la lotería, esta inmisericorde situación a la que se verán, o nos veremos, avocados muchos millones de españoles.
La solución volverá a ser la fiambrera, el bocadillo casero y el agua del grifo y, cómo no, la ausencia y sacrificio por todo lo superfluo. Sé que con ello, se aboca a la temida deflación, pero…, execrable resulta la flagelación detrás de un paso en Semana Santa solicitándole a Jesús del Gran Poder misericordia por nuevas deudas contraídas y crediticias.
“De dónde no hay, no se puede sacar”
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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