LOS GUARDAS DE CAMPO
Ahora se ven desbordados los labradores ante la avalancha de robos. En La Comunidad Valenciana apenas llegan a la docena de guardas de campo, caza y pesca armados y, de ellos algunos están trabajando para grandes fincas privadas y de este modo los cacos acampan a sus anchas y largas. Pueden dormir un poco detrás del esfuerzo realizado por apropiarse de lo ajeno, y lo ajeno en el campo hoy en día ya no son sólo las hortalizas y frutos. Actualmente son auténticos destrozos de mucho valor por el afán de robar cobre, o el rompimiento de ribazos artesanales de piedras colocadas una a una sin amalgamas en busca de caracoles que invernan. Los malhechores al igual que en los años 40, buscan en el campo, y otros los que no poseen campo cercano rebuscan en los contenedores. Ha vuelta una época hambruna, aunque no todo se haga por hambre.
Siendo yo niño de unos 10 años, recuerdo que cada pueblo poseía su guarda correspondiente con arma. Era un pequeño mosquetón. Se conocían el término palmo a palmo. Se colocaban en lugares estratégicos desde los que abarcaban un gran panorama. Desconfiaban de los anónimos y extraños en su pueblo, y realizaban un extenso horario y, aún así necesitaban refuerzos. ¿Qué refuerzos? Los nuestros propios, aquellos que vigilábamos el fruto de nuestro trabajo y desvelo.
La tierra que trabajábamos para nosotros, estaba situada cerca de la carretera de Bétera y a unos tres kilómetros de Godella, lindábamos con la masía de Romaguera, cuyas tierras cultivaban alquiladas un buen matrimonio de catalanes los señores Rovira, su único hijo Josep tenía unos siete u ocho años más que yo, y se dedicaban al cultivo del clavel y algo de frutales y hortalizas. Buena gente y muy solidarios.
A continuación venían unas tierras de unas 20 fanegas que alcanzaban paralelas a las nuestras hasta la carretera de Rocafort, y las portaba un hombre de unos 25 años valiente y fuerte llamado Tolo, tenía todo el año una barraca artesanal de cañas y una colchoneta de hojas de maíz, una manta y una escopeta. El botijo lo mantenía alejado en verano del sol y lo escondía a la sombra y dentro de una acequia de tierra húmeda y plena sus bordes de hierbas.
Mi padre me dejaba desde el amanecer en verano con la orden de que a las doce de sol, parase de realizar mis pequeñas labores en el campo, descansase y me pusiera en un pequeño promontorio a la sombra y desde donde vigilaba el campo. Desde allí veía a Tolo. Mi arma un tirachinas hecho con madera de olivo y con una puntería poco común. Terminada mi comida me mantenía despierto y ojo avizor. Tolo me llamaba.
_ ¿Pepito, vigilas tú y descanso un poco?
_ Sí, tío Tolo, yo vigilo.
_ Gracias Pepito, si tienes cualquier problema dos gritos.
_ Tío Tolo, descanse tranquilo.
Por la carretera que llevaba a Bétera adoquinada aunque con sus moreras en pleno auge que sombreaban el camino para los animales que tiraban de los carros y transeúntes, se convertía en un rosario de famélicos soldados que realizaban los 20 kilómetros a pie por no tener dinero ni para pagarse el medio billete que abonaban éstos y que ascendía a unos veinticinco céntimos de peseta. Miraban la huerta con recelo desde sus estómagos vacíos y sus cansados pies. Algunas veces si eran unos dos, y me incordiaban les daba un tomate y agua fresca. ¿Cómo negar esto? Pero dada mi temprana edad lo realizaba con cierto recelo no exento de miedo, a pesar de tener a Tolo a la vista, pero no iba a estar a toda hora alejándole de sus quehaceres. O sea que, normalmente me las apañaba yo sólo.
Un día caluroso de finales de julio, se adentraron en nuestro campo unos seis soldados, yo me mantenía oculto y llamé a Tolo. Éste vino con la escopeta del doce cargada y como una furia. También llamé a Josep, éste saltó la valla y vino en calzoncillos con una tranca en las manos, por entre los botones le asomaba el pene. Aquellos soldados tenían hambre y además eran mala gente. No se limitaban a pedir, estaban dispuestos a robar.
Uno de ellos, se encaró con Tolo.
_ Tenemos hambre, no tenemos dinero y queremos comida.
_ Tolo no se arredró, le quitó el seguro a la escopeta y dirigió sus cañones hacia el que había hablado. Aquí, al menos dos vais a morir, y los otros se las tendrán que ver conmigo, con Josep y con Pepito que ya los comienza a tener bien puestos.
_ Pues nosotros tenemos sed y hambre. No nos movemos mientras no nos deis de beber y comida, con un melón y una sandía nos conformamos.
_ Josep, armado con la tranca se mantenía a la distancia justa para abrirle a uno la cabeza.
_ Tolo se rió y al hacerlo enseñó una muela de oro que llevaba. Era un hombre muy bragado. Se quedó mirando al que había hablado y, le preguntó ¿Si sabía él, los sacrificios, el trabajo y el dinero que costaba criar eso? Os vais a marchar por donde habéis venido por cabrones. Así y aquí, para cojones los míos.
_ La situación se ponía tensa, aquellos no aflojaban y nosotros no estábamos dispuestos a dejar que nos robasen. A la semana aquello sería una avalancha. Yo me limitaba con mis pantalones cortos a observar, estar atento y tener mucho recelo.
_ Pues nosotros no nos vamos.
_ En eso apareció la figura alta y fuerte del guarda del término. Llevaba un sombrero de fieltro marrón mojado por el sudor y medio descolorido, lo llevaba ladeado. ¿Qué pasa aquí? La carabina la había montado y los soldados habían visto y oído el clic clac del cerrojo al introducir una bala en la recamara.
_ No pasa nada, sólo queremos comida y agua.
_ Agua os daré toda la que necesitéis pero la comida sino se paga o se pide con buenos modos y sin exigencias no hay.
_ Pero tenemos hambre.
_ ¿Y quién no, hijos de puta?
_ Quitaros las botas y venir conmigo.
El olor del caqui de la tela que desprendían me molestaba.
_ Obedecieron y se quitaron las botas y los calcetines llenos de agujeros. Los pies los llevaban llagados. Daban pena pero, no eran esas las maneras. Galifa, los bajó hasta un remanso de la acequia en el que había agua. Beber todo lo que queráis y luego descansar los pies en otro remanso, os aliviará los pies.
_ Tolo, trae de tu huerto tres tomates, tu Pepito trae una sandía pequeña y tu Josep tres tomates o cuatro más y cinco o seis melocotones.
Los soldados aplacada la sed, metieron los pies en el agua y sus rostros se distendieron de dolor convirtiéndose en placidez y bienestar. ¡Pobre gente! ¡Maldita miseria!
_ Los gorros con la borla roja se habían quedado en la sombra y al pie del alto sauce al igual que sus botas.
_ Pepito, ya ves, ahora no son nadie sin botas y por estos ribazos, los he desarmado y menos aún como tienen los pies. Pobres chavales. Les daremos de comer, ya han bebido, descansarán y aprenderán la lección. Me dijo Galifa.
_ Subieron a gatas y quejándose de los pies y las espinas que se les clavaban. Galifa con voz ronca, sentado en el suelo y con la Carabina en las manos, les anunció que después de comer, yo iría a por la Guardia Civil. ¡Santa palabra! Palidecieron de miedo. Eran soldados, los podían fusilar por robo.
_ Suplicaron, lloraron, imploraron, rogaron al Guarda, que se ponían las botas recogían los gorros y se iban, no necesitaban comer.
_ En este término ni en ninguno hasta Bétera, no se roba nada, les tomó todas las documentaciones y les dijo: “ahora las pasaré a todos los guardas de los demás términos”. Si tenéis hambre pedid y se os dará lo que se pueda y, si se puede, pero violencias ninguna. Aquí para cojones los nuestros. ¿Lo habéis entendido? La razón es la fuerza que mueve a la huerta y sus códigos.
_ Sí señor Guarda, pero por favor…nada de guardia civil.
_ Llegaron las míseras viandas y se lanzaron como lobos, ¡Che qué bueno! Visto y no visto, sólo eran unos desdichados hambrientos que se comportaron como animales.
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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