¡DE RODILLAS!
Se acerca la Semana Santa o Semana de la Pasión. Inmersos en La Cuaresma, el tiempo vuela para los que tienen que pagar y se ralentiza a la hora de cobrar. Hemos pasado de los carnavales, al próximo domingo entre suspiros y lágrimas. Los parados, los desesperados, los hambrientos y los desahuciados huelen la cera, escuchan en sus mentes el redoble de los tambores y las cornetas, así como el fervor dantesco entre capirotes de los distintos Pasos y Hermandades.
Los costaleros ya llevan días entrenando el difícil arte de portar sobre sus morrillos el peso del correspondiente Paso, allí abajo, apretujados y entre los sudores de todos, pero atentos al redoble del tambor que les marca el paso. Sus oídos se mantendrán atentos al sonido del picaporte para detenerse y descansar unos breves minutos, y de nuevo éste, como una corneta de mando, les indicará preparados, arriba y adelante.
La gente se postra ante las Santas Figuras de cada Paso, y en silencio oran, mientras otros aplauden y los más privilegiados por su voz, desgarran sus gargantas y pechos, para cantar a la Virgen o al Cristo de su devoción, una saeta cuya voz se filtra entre los cirios encendidos que sueltan sus chorreantes riachuelos de cera, como estalactitas blandas de rosarios cuyas cuentas se esparcen por el empedrado suelo, ante la apretujada gente en riguroso silencio. La quebrada saeta alcanza primero al Cristo y más tarde se va quedando suspendida en el fervoroso cielo. Al acabar la gente sale de su éxtasis y aplaude con exaltación al espontáneo de turno. Vuelven a sonar las cornetas y los tambores, el picaporte suena tres veces, y el paso se pone en marcha entre balanceos con el arrastrado paso de los anónimos y esforzados costaleros.
Este año, pleno de penumbras y penurias, la exaltación de los penitentes será más numerosa. Antiguamente, se solicitaba salud para los maridos y, trabajo que no les faltase. Ahora y dentro de unos días, detrás de cada paso, los penitentes se mezclarán entre los solicitantes, todos ellos y ellas, de rodillas realizarán en riguroso silencio y con las cuentas del rosario nacarado o negro entre sus manos el recorrido plenos de angustia, pero obligada devoción, solicitando salud y trabajo para ambos cónyuges.
La cantidad de éstos, hará que cada paso regrese a su respectiva iglesia, con retrasos exagerados y eso que, se han abierto listas de aceptación ante la avalancha de nuevos devotos. Las rodillas se dejarán su suave piel por el esmerilado asfalto y las llagas necesitarán cantidades de yodo y días para restañar las heridas. A ellos, habrá que sumar a los amenazados por el inminente desahucio, entre plegarias, que se desperdiciarán, ante los inhuman izados bancos y cajas de ahorros correspondientes. Entretanto, en balcones de privilegio, pertenecientes a ricas moradas, en las que el papeo de lujo y la copita conveniente no faltan, los rostros compungidos de los políticos muy farisaicos se asomarán para ver a su pueblo de rodillas ante ellos y, aplaudirán pensando que tal penitencia se la tienen bien merecida.
¡De rodillas!
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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