LO ETÉREO DE LA VIDA
La vida es un don que se nos otorga. La mayoría de las veces como fruto de un anhelo durante una siesta, o como el deseo de una noche tumultuosa. Nueve meses más tarde, nuestra portadora durante este tiempo igualmente etérea nos regala la savia. No sabe si buena, regular, muy buena o mala. Tampoco puede predecir la cortedad o largueza de la misma. Ésta es un cúmulo de situaciones que varían cada día movidas por sus compañeras de viaje. Éstas permanecen ocultas. Unas se manifiestan y exteriorizan el estado de ánimo del neonato, niño, adolescente, joven, hombre, persona mayor y anciano. Otras se mantienen silenciosas de por vida hasta que la muerte se manifiesta de modo sutil. Son buenas y malas compañías, pero a diferencia de las físicas éstas no se logran apartar o confraternizar de un modo voluntario con ellas. Simplemente están ahí y no se dejan notar ni ver y, ni tan siquiera sentir.
La mayoría de las veces pensamos que son estados de ánimos. Nada más lejano de la realidad cotidiana. Son los condicionantes como resultado de su anónima e íntima cercanía que nos convierte en muchas almas gemelas y antagónicas. Y que, durante nuestro largo peregrinaje por la supervivencia nunca nos abandonarán.
Unas es la tristeza que dormita junto a la alegría. Son un solo ente, pero las circunstancias diversas y disímiles situaciones hacen que se exterioricen de modo diferente. La persona alegre ahorca los hábitos de su vida ante la pérdida de un ser querido, y la tristeza en muchos casos, cual dogal eterno, se apodera de por vida de ésta y pervive ya por siempre a su vera. Son las circunstancias y sus efectos colaterales las que nos convierten en tristes o en alegres. La mayoría de las veces se acaba por superar retomando la alegría como bandera de la vida, y en otras muchas el corazón llora eternamente.
La salud nos acompaña como algo congénito y natural desde nuestro nacimiento, viéndose alterada por enfermedades comunes y que sobresaltan un tanto a los padres y abuelos sobre todos los demás. Por la vida se camina despreocupadamente durante años, cuando ésta se manifiesta con normalidad, y no se piensa que junto a ella está agazapada la enfermedad. De pronto, te sorprende y se manifiesta de modo cruel y aturde el plácido y feliz entorno. En este momento, se valoran tantas cosas nunca meditadas que la percepción se confunde y enreda, creyendo en lo injusto de la situación sin pararse a pensar en la cantidad de seres humanos que poseen más miserias y desde mucho más tiempo, y entre éstos muchos casos, en que la enfermedad con absoluta indiferencia y crueldad se deposita en el neonato y no lo abandona jamás. Cuando así ocurre, su contexto varía y no recupera la normalidad de por vida. La tristeza se ha instalado de modo simulado en un hogar sustituyendo a la alegría esperada y el estado de ansiedad contenido ante la llegada de un nuevo miembro.
La desatendemos casi con absoluta inmunidad mientras se disfruta de ésa de un modo estándar, hasta que un día quedamente, solapadamente y arteramente se asienta en tu ser más querido y asalta tu hogar, lo perturba y ofusca las mentes, así como el de los seres más queridos. Sólo entonces la valoramos y entendemos que la salud no es estándar, y que posee una fecha de caducidad no anunciada.
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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