¡BONA NIT CRESOL, QUE LA LLUM S’APAGA!
Volvemos a los años anteriores a la segunda República, por lo que me contaron, y al unísono a los de la postguerra, los que viví todos ellos, en cuanto a carencias y a trampas para sobrevivir. En pocas casas se dejaban de hacer fraude en el contador de la luz, me parece recordar que se ponía un alfiler en algún lugar de éste. Por la calle al ver llegar al inspector, se cantaba un tipo y determinado cuplé que recorría toda ella, y con ello, a la arribada a las casas el inspector, y ver el contador, anotaba la lectura y allí no pasaba nada, todo estaba en orden. Hoy los señores de Iberdrola caminan con aparatos muy sofidticados electrónicamente a cuestas. Bastante más difícil cometer el fraude.
Volvemos a las andadas pero con mayor avarienta precariedad y, los cuplés han desaparecido con la falta de solidaridad. Cuando yo era niño, mi padre daba la voz y todos a la cama, pero si me iba con mi abuelo paterno “al mas de la Junquera” que no poseía luz eléctrica, ni agua corriente, allí sí que teníamos un candil, cuando la mecha escaseaba y comenzaba el chisporroteo, mi abuelo daba la orden: ¡Bona nit cresol, soplaba la mecha, que la llum s’apaga! Y a dormir. Con el alba, arriba, las abluciones las justas, el desayuno de leche con sopas y al trabajo en el campo.
Creo que nos alcanza la época de el cresol, de aceite del usado veinte veces para freír, la beta untada con éste y nada de bombillas. Ni tan siquiera esas que Zapatero dice que ha mandado y que nadie recibe, al menos ningún conocido mío. ¿Porqué volver atrás? Simplemente por la sencilla razón de que hoy en España todo lo que realicemos conlleva, primero una amenaza, y a continuación la multa correspondiente; incluso se le permite que las impongan empresas particulares, como por ejemplo por consumir más luz a través de Iberdrola, una empresa que gana millones a capazos. ¿No sé si es legal? Esto sí que lo averiguaré, y en caso de no ser legal los demandaré en el juzgado de guardia correspondiente. No nos van a convertir en gallinas como hizo Franco, a base de darnos pan de maíz.
De paso nos llegan los tiempos del cante y de los bailes aflamencados ambos. Tampoco se puede consumir agua, más de la justa, nos lavaremos toda la familia por turnos en una palancana medio llena, medio vacía, y con la misma agua una sola vez al mes, incluidas las familias numerosas, al último habrá que desteñirlo más tarde. No nos vayan a cortar el agua por exceso de consumo y nos embarguen el pisito que estamos pagando con una hipoteca a sufragar en 55 años.
Lo malo, pero divertido, será cuando compartamos ascensor con vecinos, del cante desgarrado y profundo que salga de nuestros cuerpos, alcanzaremos a la rumbita aflamencada de turno para disimular. Toda una fiesta muy calé. Más adelante, ambas funciones las realizaremos en la escalera al coincidir y cruzarnos con nuestros lindantes, esperando la llegada al rellano para que el baile nos alcance hasta las sevillanas corraleras, ésas que ya han desaparecido de los patios en Sevilla de las casas de vecinos. Motivo: no nos dejarán usar el ascensor salvo para bajar el ataúd con el correspondiente interfecto. Se comprobará si el féretro es portasdor de un cadáver, caso contrario la multa será muy elevada, por usar el ascensor. Los ocho pisos hay que subirlos cuatro veces al día, o más, a pie. Zapatero desea que los Juegos Olímpicos de Madrid sean un éxito, y para ello, mucho entrenamiento, aunque llegado el famoso evento, no queden atletas.
¡Ay, Señor, otra vez el esparto para fregar nuestras partes íntimas con sosa caústica!
Bona nit cresol…
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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