UNA MAÑANA APACIBLE
La naturaleza pura, sana las mentes. Apacigua nuestras miserias y sosiega los ánimos. Pero, si caminas acompañado de tres amigos que, además, resultan ser mucho más jóvenes, te sientes protegido y menos vulnerable. No conduces. Puedes saciar, tu saludable consumo ligeramente desmesurado de vino, cerveza y un carajillo del que te privas todos los días, ya no, por conducir, sino por mor de la edad.
Paladear un buen almuerzo, sin necesidad de grandes dispendios. Y, sobre todo, disfrutarlo y compartirlo de modo coloquial y amable, un tanto místico y franciscano a la vez que, en torno a la estrella de David mezclado con el artesano y carpintero José, fue una pocholada.
Salimos de excursión, hábilmente guiados por una estrella de los caminos rurales, montes y campos. El día, aunque ventoso, era soleado y radiante. Abandonamos el asfalto para meter el todo terreno por serpenteantes caminos de tierra, angostos y ascendentes. Vislumbramos que nuestro terruño valenciano, sigue siendo labriego manteniendo sus ancestros artesanales, igualmente en la esquilmada huerta como en el secano.
Los almendros en flor, nos anunciaban el preludio de una anticipada primavera. Charlábamos todos al unísono, sin respetos de turno al igual que un grupo de payasos en un circo. Es otro tipo de plática. Más distendido y menos formal pero más enriquecedor. Amablemente, el turolense de turno, nos contó alguna cuita de su infancia en tierras hermanadas y fronterizas.
Seguíamos ascendiendo. Nos detuvimos en una fuente, sobre los 600 metros de altitud. El campo nos fascinaba, muy hermoso y con cuidadas viñas y campos de almendros. Se veían, grandes encharcamientos de agua como hacía años que no se divisaban.
No teníamos sed pero bebimos agua natural y fresca. Hasta alcanzar la fuente, había que sortear el agua que la circundaba, y que, se irá filtrando y alimentando acuíferos necesitados. El agua de la fuente conformaba un riachuelo que habíamos ido vadeando. Era cristalina límpida y cantarina. El lugar, protegido por un gran acantilado como cortado con serruchos, dejaba que las aguas de más arriba se asomasen por sus paredes para regalarle a las rocas ventanales de cristal.
Grandes chopos con sus inertes ramajes desplumados, apuntaban hasta el cielo. Las zarzamoras, entrelazadas y espinosas no habían sido abandonadas por sus hojas. Pronto las adornarían las flores, para más tarde regalar sus frutos. Los cañares eran los lanceros fieles que escoltaban en riguroso orden al riachuelo. Callados, veían y escuchaban el paso calmo del agua sorbiendo de ésta.
La estrella que nos guiaba, caminaba algo cansino de nosotros y nos daba prisas. Tampoco le hacíamos mucho caso. Los viejos, nos convertimos en niños. Nos hacemos los remolones y se nos deben decir las cosas más de una vez. Por otra parte, es bastante lógico no desear recorrer demasiado deprisa el camino que nos queda. Incluso nos regañan. Tampoco hacemos demasiado caso.
Por fin, aquel pastorcillo que venció a Goliat, consiguió que todas las ovejas subiésemos al vehículo motorizado y, comenzásemos en serio una ascensión de privilegio. Alcanzamos por caminos de cabras los 1.000 metros de altitud. Pasamos cercanos a una nevera. ¿No consigo imaginar a los mulos cargados con la nieve recogida en ésta, bajarla por hombres tenaces y forzudos hasta Valencia? Pero, así se hacía. El hielo en nuestras latitudes no existía, y no se había inventado.
Cada vez, los profundos barrancos y las caprichosas formas de las rocas esparcidas por doquier, demostraban que sólo la naturaleza es capaz de alcanzar la perfección.
Paramos en otra fuente, de la que brollaban cuatro caños gruesos y plenos de caudal y, con gran presión. Volvimos a beber. La sed se torna insaciable en entornos naturales.
Acabado el almuerzo, merienda y cena. Más contentos y satisfechos volvimos a casa. Nos habíamos dado un festín de naturaleza en estado puro. Una mañana inolvidable con excursión y guía incluida.
¡Qué se repita!
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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