CON NOSTALGIA
Veo campos desmantelados de huertos de naranjos, cuidados y trabajados no hace tantos años. Pero, hoy y cada día se ven más. El fin del bum para los cítricos que, mi padre me predijo a finales de los 40, se está cumpliendo hoy mayoritariamente pero, ya hace muchos años que su predicción se convirtió en realidad.
Familiares y conocidos, convertían un campo de diez fanegas valencianas, en diminutos huertos de naranjos, no alcanzaban los 9.000 metros cuadrados. Y para ello, dejaban la agricultura tradicional. Más tarde y ya hace años, a pesar de trabajar ellos sus tierras, los arrancaron y volvieron a la tradicional huerta valenciana, por no serles rentables.
Ante aquello, mi padre, hombre sombrío y parco en palabras me decía:
Tú, Pepito, verás arrancar muchos campos de naranjos.
La catástrofe, le alcanzó a mi tierra valenciana demasiado pronto. La enfermedad denominada “la tristeza”, acabó con grandes familias de la burguesía que vivían de fincas de 80 o 90 fanegas de naranjos. Aquello, eran consideradas auténticos huertos. Creo recordar que ocurrió a mediados de los sesenta.
Grandes fortunas se hundieron. La tierra no valía nada, pero, las huertas, seguían sustentando a muchas familias que habían mantenido su tradición agrícola. Trabajos más laboriosos, pero que sostenían a una ralea y la enriquecían sin desmesuradas pretensiones en base a un gran esfuerzo y vida austera pero sin privaciones.
Pasados apenas una década, se encontró el remedio para “la tristeza”. Yo mismo pude beneficiarme de la compra de tierras que habían sido naranjales y entonces estaban baldías. El Gobierno valenciano, subvencionaba la transformación de las tierras y la compra de los plantones.
Aproveché la ocasión de dichas subvenciones, pero, pronto me descorazoné, con la llegada de la democracia tan ansiada por mí y, que la cantidad de huelgas y la creencia de que todo valía, por parte de los de siempre, le alcanzó al campo. No se encontraban trabajadores. Recuerdo un 18 de marzo, que me tuve que expandir yo sólo, el estiércol que había sido repartido por dos camiones, estratégicamente situados en grandes montones. Al día siguiente a las cuatro de la mañana, me daban el agua y había que regar, así lo hice.
De sol a sol y nunca mejor dicho, venteando con las manos capazo a capazo, y vuelta a caminar en busca del montón más cercano. No se me cayeron los anillos, ni el 18 ni el 19, el día grande de Valencia, las cuarenta fanegas quedaron bien asistidas. Al día siguiente, viajaba a Japón de trabajo, cosas muy disímiles que enriquecen al hombre.
Unos años más tarde en plena ebullición por la posible entrada de España en La UE, las tierras se revalorizaron muchísimo. De nuevo la fiebre del naranjo. Entonces, en plena efervescencia vendí. Y fin, hasta hoy.
Pero, mi reflexión sobre el abandono de lo que yo denomino la huerta, es algo muy distinto. A amigos de mi edad, a mi esposa y a gente que hemos ejercido de labriegos, les comento serenamente, la cantidad de parados que azotan a España, y la cantidad de tierras baldías para trabajarlas y sacarles provecho. La agricultura es muy agradecida, mucho más la tierra, y con unas fanegas, son suficientes para sacar adelante a una familia, pagar una hipoteca y que no te falten 3.000 euros en el banco o en casa.
Con veinte años, un servidor no estaría en el paro. Trabajar la tierra y, vivir de ésta, no es ninguna deshonra. La pérdida del decoro, es caminar todo el día sin hacer nada.
Cuando lo comento, todos estamos de acuerdo y, mucho más con los adelantos de hoy en día. Producir hortalizas ecológicas y venderlas sin intermediarios es el futuro y el pasado. Así salimos de la pobreza en mi casa.
El trabajo de la tierra, antaño era agotador y pesado, pero, bastaban una cena y cinco horas de reparador sueño para estar nuevo, y emprender una nueva jornada.
Los tiempos de hoy, van a ser muy malos durante muchos años. Por ello dejo esta reflexión. Un pedazo de tierra de 9 ó 10 fanegas con agua y nuestro clima, bastan, eso, y dos brazos guiados con fuerza por la mente.
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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