A ESPAÑA, SIEMPRE LE QUEDARÁ EL SUR
Huyendo del asfalto de la gran ciudad, he regresado al Sur de España. Al más puro, auténtico, fidedigno y cierto: Cádiz.
Más en concreto a pocos kilómetros, en Costa Ballena. A caballo entre Chipiona y Rota. Azules cielos, temperaturas benignas, suaves brisas y, todo construido con autentico rigor paisajista y defendiendo la naturaleza con amplios espacios verdes. Asentado sobre una dehesa que yo conocí en mi juventud.
Largas playas que las mareas dejan al descubierto, para goce y disfrute de caminatas en las que las pisadas de unos pies viejos desaparecen al volver la mirada atrás. No haces camino, pero disfrutas de él. Las suaves y quietas aguas se desplazan dóciles por la arena y las engulle suavemente. Pero, eres caminante.
Sus aguas templadas te invitan al chapuzón, y aunque mayor, no has olvidado nadar y te adentras un poco dejando que tu cuerpo sea mecido con suavidad por el ondulante Atlántico.
Al atardecer, las temperaturas se mitigan y el caminar se hace más placentero. Mientras caminas ante tanta belleza, y alejado de la Ciudad por la que vagas repleta de gente que no saludas ni se inclinan, tus ojos entornados miran aquí y allá, en busca de aquellos lloros de los niños, de sus risas y travesuras. De éstos, que nos han hecho abuelos.
Miras con cierta nostalgia exenta de envidia a los matrimonios de la misma edad tuya, de cuándo viajabas allí mismito con cuarenta años menos. Y, los ojos se enturbian para no ver más allá de unos metros. Sin embargo, tu corazón llora de agrado y satisfecho a la vida que te deja volver cada año.
Al medio día y guiados por las manos expertas de la segunda generación de nuestros amigos ancestrales, nos llevan a almorzar a los lugares que nosotros recordamos y visitamos cada año. Viajamos entre los mejores viñedos de Jerez, para adentrarnos en Sanlúcar de Barrameda.
Allí en El Bajo Guía, permanecen los mismos restaurantes de nuestra época. Aún llegando tarde, el Sur, no pierde un ápice de mantenerse fiel a sus principios de hospitalidad voluntaria y espontánea. Muy alejada, ésta, de servilismos equívocos. Pura atención esmerada, cordial, alegre y plena de gracejo.
En la comida se hace difícil recordar algo mejor en cualquier parte, no sólo de España, sino del Mundo. Unos langostinos de Sanlúcar con vistas a la desembocadura del Guadalquivir y a escasos metros del Coto de Doña Ana, son pura lujuria. Una Manzanilla sin remontar bebida en su propio lugar de origen: verdadero éxtasis. Unas gambas blancas a la plancha con sal marina, unas acedías recién sacadas de la mar, te transportan y recuerdan cada año que allí estás en el Sur.
Ese Sur, que nadie nos robará. Con su gente pobre, pero colmada de alegría, servicial, atenta y educada. Un pueblo sencillo que necesita poco para ser feliz y trasmitir su felicidad. Con ingenio agudizado por la necesidad, pero, que una copita y un pescaíto frito, les hace arrancarse por soleares. Y resulta ser cierto que para ser feliz se necesita muy poco…amor y ganas de vivir.
Cuna del más puro arte flamenco y de tonadilleras. Cádiz y su Provincia, son al fin, la piedra filosofal sobre la que se asienta Andalucía.
¡Gracias, por haberme regalado tantos momentos inolvidables! ¡Gracias y muchas gracias, te da igualmente mi esposa! ¡Gracias, por permanecer ahí y recibirnos con los brazos abiertos, a mí, desde hace más de cincuenta años, y ya con mi familia, desde hace cuarenta!
Un abrazo muy fuerte: Jerez, Chipiona, Sanlúcar, El Puerto de Santa María, Rota, San Fernando, etcétera, etcétera.
¡Ea, si la vida nos respeta la salud, hasta la Feria del Caballo en Jerez de la Frontera en la próxima primavera de 2011! ¡Viva el Sur, por siempre!
Capricho.
José Pardo nace y convive con la extrema pobreza, pero muy alejado de la miseria. Tras pasar sus primeros años de vida en Bétera, montados en un carro de su abuelo paterno, se traslada con sus padres y hermana, y los pocos enseres con los que contaban, a una finca donde ejercerán como personal doméstico al servicio de unos grandes señores.

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